Psicólogo en Elche. Mueve el café como te dé la gana

Cuando miraba a mi amigo mover el brazo para disolver el azúcar en el café me ponía de los nervios (ahora ya no miro). A veces pensaba en decirle que solo era necesario un simple giro de muñeca. Lo cierto es que ya habrán pasado más de 30 años desde la primera vez y ahí sigue el tío moviendo el brazo (y yo de los nervios, pero no miro). Mi amigo es muy inteligente y lo cierto es que lo admiro en todos los sentidos, pero ese gesto me supera. Un día se lo dije, me miró y dijo -yo lo hago así-.

Una forma de aprender es reflexionar y probar (o probar y después reflexionar). Una más básica es observar e imitar (a veces con observar es suficiente). Así que, si funciona la segunda en algo como mover una cuchara ¿para qué reflexionar?

En realidad cómo mover la cucharilla del café no importa; como si te quieres poner de pie y bailar mientras lo haces, pero ¿cuántas cosas hacemos de forma poco eficiente porque cuando probamos la primera vez funcionó? ¿Cuántos pensamientos, ideas o normas internas INTOCABLES tenemos en nuestros esquemas mentales que no cuestionamos? Y ¿qué pasa cuando tu mejor amigo viene y te dice que si mueves solo la muñeca al mover el café igual no acabas con una tendinitis?

Jorge Bucay, en su libro Cartas para Claudia, cuenta una pequeña historia que ilustra muy bien esta idea de aprender algo sin reflexionar. La historia trata sobre una familia que cocinaba una pieza de carne en el horno y como parte de la receta todos sabían que había que cortar la punta final de la pieza. Al parecer nadie sabía el motivo de cortar la punta pero tampoco se lo cuestionaban y pensaban que era parte del “secreto” de la receta de la bisabuela. Nadie lo sabía excepto la autora que tenía un horno pequeño y le cortaba la punta a la pieza de carne para que cupiera. ¿Tendría mi amigo la muñeca lesionada cuando probó por primera vez el café? Igual también estoy cortándole un trozo al sentido de porqué lo hacía (y lo sigue haciendo, pero yo ya no miro).

A veces estas ideas que tenemos como inamovibles son preceptos sociales heredadas (algunas machistas, racistas, xenófobas, familiares, etc.) y tampoco las cuestionamos. Hay una pequeña fábula que ilustra muy bien esto y trata sobre unos monos y una escalera. Estos monos estaban encerrados en una jaula y con ellos había una escalera. En lo alto de esta había plátanos. Cada vez que algún mono subía a comerse los plátanos el resto recibía un baño de agua fría. Al final los monos aprendieron que subir la escalera era peligroso para el grupo y el valiente que se atrevía a romper la norma recibía una paliza del resto (los mojados). Con el tiempo entraba a la jaula algún mono (y otro salía) y pronto aprendía la lección (por solo acercarse a la escalera). Así, llegó un momento que un grupo de monos (distintos a los iniciales) tenía claro que si alguien se acercaba a la escalera había que lincharlo, pero desconocían el motivo.

Seguramente el contexto de donde parte una norma o forma de proceder la valida para ese contexto (aunque no sea justa), pero no sirve para otro contexto, otra persona u otro momento temporal.

Seguramente encontremos mil razones para defender algo que llevamos haciendo toda una vida, aunque sea absurdo (yo soy así; en mi familia se hace así; toda la vida se ha hecho así; o yo lo hago así).

De cualquier forma, parece más sencillo cuestionar las conductas de los demás que las de uno mismo. Nunca he preguntado a mi amigo si tiene algún problema en la articulación de su muñeca, pero sí que me apresuré a juzgar que no aprendió bien cómo se mueve el café.

Lectura recomendada:

Psicólogo en Elche. Cartas para Claudia

Título: Cartas par Claudia.

Autor: Jorge Bucay.

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