
Querido Dr. González,
Han pasado ya más de diez años desde aquella mañana en la que recibí mi título de medicina. Todavía puedo recordar la emoción del día, aunque la emoción no era lo único que sentía. Mientras estrechaba la mano del decano y me tomaban fotos con el diploma, algo oscuro me rondaba por la cabeza. Esa voz que decía: “No eres tan bueno. Solo has tenido suerte de llegar hasta aquí.” La misma voz que me acompañó durante esos primeros meses de práctica como cardiólogo.
Recuerdo haberme sentado en la sala de descanso del hospital, con los libros de medicina abiertos frente a mí. Aunque sabía la teoría, cada vez que tenía un paciente en mis manos, una sensación de angustia me invadía. Me preguntaba constantemente si realmente merecía estar ahí. ¿Y si un día descubrían que no era tan capaz como creían? Lo que entonces no sabía es que estaba lidiando con algo que muchos otros profesionales experimentan: el síndrome del impostor.
El peso del síndrome del impostor
Doctor, nunca le hablé de esto mientras supervisaba mi tesis, pero a lo largo de esos primeros años como médico, me sentí como un fraude. A pesar de haber completado una carrera exigente y de haber pasado por horas interminables de estudio y práctica, siempre había una parte de mí que creía que mis éxitos no eran fruto de mi esfuerzo, sino de una serie de coincidencias afortunadas. Y temía, con el corazón encogido, que en cualquier momento alguien me descubriría.
El síndrome del impostor, como he aprendido con los años, es ese sentimiento persistente de no ser lo suficientemente competente a pesar de los logros y las pruebas de éxito. Afecta a profesionales de todas las disciplinas, pero en medicina, donde las decisiones tienen un impacto tan profundo en la vida de las personas, este fenómeno puede ser especialmente debilitante. Sientes que cada día estás caminando por la cuerda floja, esperando que alguien finalmente te señale y te diga: «Tú no perteneces aquí».
Los primeros días de la práctica: dudas y presión
Apenas comenzaba a trabajar en el hospital, rodeado de colegas con trayectorias impecables y pacientes que depositaban en mí su confianza, sentía que debía demostrar constantemente mi valía. Cada pequeña duda en mis decisiones me hacía pensar que tal vez no había aprendido lo suficiente, que quizás nunca sería un “verdadero” cardiólogo.
Era un ciclo agotador. Por más que los pacientes salieran satisfechos o que mis colegas reconocieran mi trabajo, yo seguía sintiendo que era cuestión de tiempo antes de que alguien se diera cuenta de que no estaba a la altura.
En un campo tan exigente como la medicina, este tipo de pensamientos no solo afecta la autoestima, sino también la capacidad de tomar decisiones con seguridad. A menudo, quienes sufrimos el síndrome del impostor tendemos a sobreprepararnos: revisar una y otra vez las mismas lecturas, cuestionar cada diagnóstico, pedir una segunda opinión innecesariamente… y todo esto solo por el temor de cometer un error que exponga nuestra «incompetencia».
¿Cómo lo superé?
Hubo un momento clave, y fue mucho después de mi primer año de práctica. Me había ganado el respeto de mis colegas y, sin embargo, seguía con esa sensación de que no era suficiente. Fue entonces cuando hablé con un mentor, otro médico con una larga carrera. Recuerdo que me dijo algo que cambió mi forma de ver las cosas: «El hecho de que dudes de ti mismo demuestra lo comprometido que estás con tu trabajo.»
Ahí entendí algo crucial: las personas competentes a menudo se cuestionan a sí mismas, precisamente porque se preocupan por hacerlo bien. Aquellos que no sienten dudas a menudo pueden ser los más peligrosos, porque no reflexionan sobre sus decisiones. Mi inseguridad no era un signo de fracaso, sino una señal de que me importaba hacer bien mi trabajo.
A partir de ahí, empecé a reconocer mis logros y a permitirme celebrarlos. Poco a poco, dejé de interpretar cada error como una confirmación de mi «incompetencia» y empecé a verlos como parte natural del proceso de aprendizaje. Me di cuenta de que, al igual que cualquier otro médico, seguiría cometiendo errores, pero esos errores no definían mi capacidad ni mi valor.
El impacto del síndrome del impostor en la carrera profesional
Dr. González, como sabe, el síndrome del impostor no solo afecta la confianza, sino que también puede influir negativamente en el desarrollo profesional. Muchos de mis colegas, que también han sentido esta presión, me han confesado que temen aceptar nuevas oportunidades o asumir responsabilidades mayores por miedo a no estar a la altura. El síndrome del impostor actúa como una barrera invisible que nos impide crecer, incluso cuando tenemos las habilidades y la experiencia necesarias.
En mi caso, tuve que aprender a identificar esos pensamientos y a no dejar que me dominaran. Y, más importante aún, aprendí que no soy el único que lo ha vivido. El hecho de que otros, incluso aquellos que yo consideraba modelos de éxito, también experimentaban este síndrome, me dio una nueva perspectiva. Si todos, en algún momento, hemos sentido que no somos «suficientes», tal vez el problema no esté en nuestras capacidades, sino en las expectativas que ponemos sobre nosotros mismos.
Un recordatorio para todos los profesionales
Ahora, al mirar hacia atrás, sé que las dudas y el miedo a ser descubierto fueron compañeros incómodos, pero inevitables, en mi viaje como cardiólogo. Lo que me ayudó a superar el síndrome del impostor fue reconocerlo, aceptar que esos pensamientos eran normales, y recordar constantemente que mis logros no eran fruto del azar, sino del esfuerzo y la dedicación.
Si pudiera compartir un mensaje con los jóvenes médicos que empiezan, sería este: no estás solo. Es normal sentirte inseguro, y está bien dudar de ti mismo de vez en cuando. Lo importante es que esas dudas no te definan, porque tú perteneces al lugar en el que estás. Has llegado hasta aquí por una razón.
Así que, querido Dr. González, gracias por guiarme en mis primeros pasos. Y, aunque no se lo mencioné entonces, le agradezco que siempre confiara en mí, incluso cuando yo no lo hacía. Esa confianza fue un faro en esos momentos en los que el síndrome del impostor amenazaba con hacerse dueño de mi carrera.
Con gratitud,
Dr. Manuel Jiménez
Cardiólogo


